Lo de vivir en el campo está muy bien, pero ¿qué pasa con el trabajo? (Parte 1)

Por lo que voy leyendo, esto de irse a vivir al campo desde la ciudad es algo cíclico. Cuando las condiciones de trabajo empeoran en las ciudades mucha gente se da cuenta de que no quieren estar en esa lucha y prefieren buscar un modo de vida más austero pero más estable. En los pueblos la vivienda es más asequible, incluso a veces hay disponible alguna casa familiar o se pueden encontrar alquileres casi simbólicos y viviendas a precios que parecen de risa a ojos del urbanita hipotecado.  Si quitamos del gasto mensual la hipoteca o alquiler a precios de ciudad, la economía familiar se ve tremendamente aliviada. Pero claro, si el problema de la vivienda fuera tan sencillo de solucionar como mudarse a un pueblo todo el mundo lo haría. El puesto de trabajo presencial nos tiene atados a las ciudades. Cuantos más somos en las ciudades por culpa de nuestro trabajo, más se concentra el trabajo en ellas. Efecto bola de nieve.

Estas oleadas periódicas de gente que se va de la ciudad no terminan de cuajar. Ganarte la vida en el campo “con el campo” no es factible a la manera de antes. De nada sirve cultivar la tierra si no tienes a quién venderle las lechugas o si las tienes que regalar a intermediarios que las lleven a las ciudades. Además los urbanitas por lo general no tenemos ni idea de cómo cultivar una lechuga, porque algo tan básico como ser capaz de cubrir ciertas necesidades básicas por tu cuenta es algo que no se enseña en los colegios. Por eso solían fracasar estas “modas”. Gente sin experiencia pero altas expectativas, se mudaban a zonas remotas donde los lugareños les encasquetaban terrenos baldíos por encima del precio real.
Pero las cosas están cambiando.

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